En la frontera en la que estoy puedo morir o revivir o huir de ti, he vuelto a mi y no sé quien soy, por no tener no tengo ni mi ser.
La mentira nos salva un rato. Las mentiras que decimos, que nos dicen, que nos decimos a nosotros mismos. La verdad está sobrevalorada. La verdad descarnada y absoluta está realmente sobrevalorada. Siempre he dicho que soy una persona sincera, pero ya no estoy excesivamente segura, me voy cubriendo el corazón con mentiras, y la verdad es que por más capas y capas de mentiras, sigue mi corazón con frío o quizá se esté muriendo.
Ser sincero con uno mismo es terriblemente doloroso, terriblemente duro, terriblemente difícil. Tenemos puestas las gafas de la realidad distorsionada, y preferimos ver lo que deseamos en realidad que la realidad como tal. Porque la realidad, la realidad a veces es hielo en las venas. Fuego en el corazón. Puedes poner muchos kilómetros de mentiras en el camino que va de tu corazón a tu cabeza, pero al final, la verdad, es que no tenemos más remedio que desnudarnos y darnos cuenta que lo que deseamos a veces no es lo que realmente necesitamos o queremos realmente.
Porque la lógica no es mi fuerte, y porque suspendí en el instituto matemáticas, me gana la partida el corazón, y al final acaba abofeteándome la cara por cada una de las mentiras que la razón le ha dado, tarde o temprano, tendrás que mirarte al espejo y buscarte con sinceridad, tarde o temprano, no importa las mentiras que te hayas dicho para consolarte, animarte, o simplemente para poner un pie fuera de la cama, en algún momento las mentiras te juzgarán, y la verdad saldrá a tu encuentro por muy perdida que estés.
Puedes querer creer que alguien te gusta, porque te trata bien, posiblemente mejor de lo que nadie te trató, pero a cierto clic tendrás que admitirte que no te gusta lo suficiente, que no te bailan mariposas en el estómago, que no hay ninguna chispa que te incendie, y que esos besos, por dulces que fueran, no son los besos que deseas que sellen tu boca.
Puedes repetirte que no te conviene, que no quieres estar con él, que la felicidad no está en sus manos, que tienes que dejarlo, olvidarlo, arrastrarlo fuera de tu vida como un gusano, puedes gritar que ya lo has superado, que lo tienes controlado, que no te está matando, que eres feliz sin él, que ya no te importa que un día te diera la bofetada del adiós… en algún sitio inesperado, el corazón explotará y te llamará mentirosa a la cara.
Y entonces, cuando has conseguido reponerte de quitarte la venda, asumir la verdad, te queda la peor parte… tomar la decisión. No una decisión cualquiera, sino la decisión que ahora te ahoga, que te está hiriendo sin haberla tomada, sentir la pena por no poder ofrecer lo que te ofrecen, y sentir el dolor por querer lo que no debes ni puedes tener.
A veces, ser sincera con una misma es una autentica y absoluta mierda. A veces, prefieres mentirte, porque es más fácil. Porque es menos duro asumir las cosas cuando te engañas, pero da igual, porque la verdad es tan terriblemente persistente, que nadará, nadará los kilómetros que hagan falta y llegará a tu playa. Desnuda. Tranquila, y te herirá. Te dolerá saberla entre los poros de tu piel, en cada vértebra de tu ser dolerá.
O la aceptas, o te vuelves a mentir. Tú eliges.
Hoy he elegido ser sincera aún cuando alguna mentira piadosa me ha colgado de los labios. He sido sincera, porque no. No lo he superado. y no puedo pensar en alguien más, en empezar algo cuando no sé ni quien soy, ni donde estoy, ni sé cuando realmente habré superado DE VERDAD que Alberto me rompiera el corazón en mil añicos… me queda tanto por recorrer que me asusta….. pero ¿la verdad? Nunca me dio miedo el miedo, aunque sí la verdad.
La verdad para quien la quiera. Decididamente, ser sincero con uno mismo, es una mierda.